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Por Rakel Ampudia y Carlos Orellana, 3 y 4 de Julio 2021.

La expresión real de nuestra identidad es el movimiento corporal. La danza, por lo tanto, es la ‘vía regia’, el instrumento más sutil y poderoso para penetrar en el integrado mecanismo de la identidad: la danza activa la conmovedora sensación de estar vivo y la percepción de la unidad de nuestro cuerpo con las vivencias y emociones.

A partir de esa sensación visceral, se reactualizan las primeras nociones del cuerpo y su perfección como fuente de placer. Al mismo tiempo, se acentúa la noción de ser diferente y único, al entrar en contacto con otras personas. La autoestima y la conciencia de sí mismo se elevan a niveles desacostumbrados. El sentirse vivo ‘con otro’ y, al mismo tiempo, exaltando sus características, refuerzan todos los circuitos de la identidad saludable.

Durante los ejercicios de Biodanza, la persona es, más que nunca, ella misma: respetada, valorizada, querida y aceptada. Experimenta su cuerpo como fuente de placer y, al mismo tiempo, como potencialidad capaz de expresarse creativamente.

Durante los ejercicios se aprende a expresar los potenciales en forma creativa, promoviendo así el proceso de diferenciación evolutiva. En tales condiciones, el estudiante de Biodanza alcanza una identidad suficientemente integrada como para alcanzar los estados de conciencia cósmica.

Biodanza es, por definición, un sistema de integración de potenciales humanos. ‘Integración’ significa ‘coordinación de las actividades de varios subsistemas para alcanzar el funcionamiento armonioso de un sistema mayor’.

Los ejercicios y danzas de integración tienen por objeto devolver al cuerpo su unidad.

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